Mauricio Macri había intentado mantenerse al margen del escándalo y concentrar el costo político de la violencia de la superfinal en el Gobierno de la Ciudad, con la renuncia del ministro de Seguridad porteño Martín Ocampo.

El anuncio de la Conmebol de llevar el River-Boca fuera del país en caso de que se concrete la revancha implicó otro revés para la Casa Rosada y generó malestar en el Presidente: en privado cuestionó a Alejandro Domínguez y transmitió a funcionarios que en su opinión la superfinal “tiene que jugarse en la Argentina” y en el Monumental, aun cuando en Balcarce 50 insistieron en que no habrá injerencia sobre lo que defina la confederación sudamericana.

El presidente de River, Rodolfo D'Onofrio, se retira del hotel cerca la sede Conmebol en Luque Asuncion Paraguay. Foto: Maxi Failla
“No quiere que Boca gane como River en 2015 (la serie del gas pimienta), eso le pareció una barbaridad y ahora el partido se tiene que jugar, en la cancha de River”, reflejó la posición uno de sus colaboradores, luego del comunicado firmado por Domínguez en el que la Conmebol sostuvo que “no resulta prudente” la revancha en Argentina ante la violencia el sábado en la zona del Monumental.

“Hubo decenas de superclásicos en las dos canchas, en Mar del Plata, Mendoza, Córdoba en los últimos años”, se repitió como argumento de rechazo en la Casa Rosada. También la referencia a la jornada sin mayores incidentes en el partido de ida en la Bombonera y casos de de agresiones a micros en otras partes del mundo, como Inglaterra.