Misterio, desprecio y dignidad: secretos del Martino que llega a México

Lunes 7 de Enero de 2019 · 11:27

Lo que más se recuerda Gerardo Martino, DT argentino que dejó el Atlanta United como héroe, es su paso por el Barcelona, en el que solo pudo conquistar la Supercopa. Se recuerda que fracasó en la Liga, la Champions y la Copa del Rey, pero pocos saben lo que sucedió en los primeros minutos de la madrugada del 18 de mayo de 2014.

 

Martino y su preparador físico, Elvio Paolorroso, lloraban en el vestuario del Camp Nou ya vacío. Era demasiado duro haber perdido la Liga en la última fecha y en el propio estadio ante el Atlético de Madrid. Más duro aún porque el 1-1 pudo ser 2-1 si el árbitro del encuentro no anulaba por fuera de juego un gol válido de Lionel Messi promediando el segundo tiempo. Ese 2-1 que no fue le daba la Liga al Barcelona de Martino, que lloraba junto a Paolorroso cuando se abrió la puerta del vestuario y entró Antonio Mateu Lahoz, el árbitro que había anulado aquel gol que les daba la Liga.

"Eran las dos de la mañana, estábamos llorando en el vestuario y Mateu Lahoz vino a pedirnos disculpas", reveló Paolorroso meses atrás. Lo llamativo, la gran incógnita de aquel partido que era una final, fue la abulia de los jugadores y el propio técnico, que no reclamaron al árbitro por la anulación de ese gol que tanto significaba. Estaban vencidos antes de ser vencidos, casi hartos. ¿Por qué esa falta de sangre en el momento clave? Misterio.

Aquel llanto en las entrañas del Camp Nou fue el cierre de un año extremadamente complejo para Martino, que llegó al mando del Barcelona tras los cuatro años épicos de Josep Guardiola y la dura experiencia de Tito Vilanova, que debió dejar el equipo cuando la lucha contra un cáncer feroz se convirtió en lo único importante. Martino debía liderar un equipo golpeado en lo anímico y con hipersensibilidad en algunos de sus integrantes.

Ser argentino no lo ayudó, y no haber tenido una experiencia previa en Europa, tampoco. "Un bonachón de formas ochenteras", era la descripción que de él hacía el diario "El Mundo". Y esa descripción era de las más benévolas. En un Barcelona aún subyugado por un Guardiola devoto del slim-fit y los elegantes trajes y camisas en tonos oscuros, la informalidad a contramano de la moda que cultivaba Martino le hizo más daño a su imagen y autoridad del que podría pensarse.

El problema mayor fue, sin embargo, el desprecio que varios jugadores sentían por las técnicas de preparación física de Paolorroso. Y lo hicieron saber de manera indirecta, pero contundente y pública, aunque sin dar el paso al frente de criticar con nombre y apellido. Sucedió en una fecha altamente inoportuna, el 14 de mayo de 2014, tres días antes de aquel partido decisivo ante el Atlético. Fue en un artículo en "El País" que cayó como una bomba en el cuerpo técnico de Martino.

"Paolorroso ordenó minipartidos de cuatro contra cuatro. En esas, un veterano dio el alto y se dirigió al ayudante de Martino. 'Pero profe, ¿no ve que esto es una vergüenza?, que con esta intensidad no vamos a ningún sitio'. Todos callaron, conscientes de que tenía razón, que para ejercitar la presión y la velocidad de pase se requiera otra marcha, la que exigía Guardiola o Tito Vilanova. La respuesta del profe—'¡Pero no se me enoje!'— resultó un hachazo para muchos. 'Supe que no entendían nada y ya no lo entenderían nunca', recuerda un futbolista veterano".

El desprecio era claro: había un grupo importante de jugadores que no respetaba los métodos del cuerpo técnico de Martino, que creían que esos sudamericanos representaban un fútbol atrasado que los perjudicaba. Quizás por eso, cuando aquel gol de Messi fue anulado, nadie tenía ya fuerzas ni ganas de cambiar la historia. Ni los jugadores, ni el cuerpo técnico.

Claramente injusto, porque el Barcelona de Martino en aquel intenso año jugó por momentos muy bien. Y, paradoja, lo hizo especialmente bien en un período de partidos en el que Messi estuvo lesionado. Martino fue, además, el técnico del Paraguay que en Sudáfrica 2010 estuvo a un penal de dejar fuera a la España de Gerard Piqué, Sergio Busquets, Xavi Hernández y Andrés Iniesta, columna vertebral también del Barcelona. ¿Qué dirían de Martino esos jugadores que lo tildaron de anticuado de haber sido eliminados por el argentino en aquel Mundial y ganado la Liga cuatro años después? Otro misterio sin respuesta, aunque se puede inferir que no le hubieran pegado la malvada etiqueta.

Tras dejar el Barcelona, Martino llegó a la selección argentina, que le deparó una combinación de alegrías y tragos amargos. El equipo llegó a jugar muy bien por momentos, pero las dos derrotas por penales ante Chile (al que no le pudo meter un gol en 240 minutos entre ambos partidos) en las finales de la Copa América en 2015 y 2016 golpearon al seleccionador, que terminó hundido por el descalabro de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA).

Relanzado como técnico en el Atlanta United, Martino encaró la exitosa aventura americana sin dos de sus laderos históricos, Jorge Pautasso yPaolorroso. Y sin ellos llegará a México, convencido de que está en el medio de un largo viaje que lo alejará por años de su país.

Cuando se le pregunta en la intimidad a Martino por un eventual regreso a la Argentina, el técnico deja claro que eso no está en sus planes. Afuera del país se vive mejor y se gana mejor, aunque no es el dinero su motivación: si los dólares fueran su prioridad, muy probablemente Martino habría dirigido a la Argentina de Messi en el Mundial de Rusia. No hubieran existido, entonces, las aventuras de Edgardo Bauza y Jorge Sampaoli.

Una razón clave para su salida fue que Martino acumuló siete meses sin cobrar su sueldo como entrenador de la selección argentina, un sueldo que era, además, claramente inferior al del resto de sus colegas en la región: 750.000 dólares anuales. La AFA no le pagaba, y entonces, apareció la oferta de una gran empresa que propuso asumir el costo de ese sueldo y regularizar los pagos al técnico. A la AFA no le disgustaba en absoluto la idea, pero Martino no aceptó, semejante arreglo implicaba entregar la dignidad. Y algo tiene bien claro hoy, ya con 56 años: en México nunca tendrá esos dilemas.

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